La muerte de los antiguos
«Están encerrados aquí, entre las tumbas.
Están ocultos entre los manuscritos.
-¡Que la creación no llore por ellos como si hubiesen muerto!-
¡Oh las fuentes diáfanas del Pensamiento,
los cielos clarísimos del Arte,
los Inmortales y los Hermosos!
Son los maestros de la Verdad,
los seguidores de la intacta Belleza,
ancianos, ilesos, completamente jóvenes
y soles que se te entregan para que goces
siempre de ellos en la frescura de un abril.
Los Inmortales y los Hermosos.
Desde las playas de Jonia
y desde el cielo de Atenas que todo
lo convierte en espíritu cuando respira,
y desde la tierra inmaculada de Grecia,
la Sabiduría, la Palabra, el Ritmo.
Los Inmortales y los Hermosos.
Son los Platón y, tras ellos,
los filósofos, héroes de la Idea,
y la Virtud con ellos va diciendo: «Soy la valentía».
Son los Horneros y, tras ellos,
todos los cantores y los creadores de los Olimpos.
¡Los Inmortales y los Hermosos!
Abandonan su última patria
impulsados por un soplo en verdad impetuoso.
Se convierten en gitanos y hebreos,
pero siempre son vencedores, aunque sin casas.
Y se convierten en ciudadanos del mundo,
los Inmortales y los Hermosos».
El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan
Avoosl Wuthoqquan, el prestamista más rico y avaro de todo
Commorión, y, en consecuencia, de todo Hyperbórea, fue sacado bruscamente de
sus sueños por la voz aguda y quejumbrosa. Observó al pedigüeño con mirada
airada y poco amistosa. Mientras caminaba hacia su casa aquella noche, sus
meditaciones estaban espléndidamente repletas de metales brillantes y
preciosos, de monedas y lingotes, de objetos de oro y de plata, llameantes
gemas ensartadas en ristras, ríos y cascadas de piedras preciosas, todo ello
llenando los cofres de Avoosl Wuthoqquan. Ahora la visión se había desvanecido,
y esta voz desagradable e intrusa le imploraba una limosna.
Ultimatum a un joven poeta
Que el pan sea pan y mar el mar
Basta de conjeturas
Murciélagos lunares o roedores de orquídeas
Toda palabra tiene precio
Las palabras que atacan como rayos o víboras
Y también madre
Amigo
Y alcohol y cama y mesa
Y el hijo concebido a dulces empujones
Y los hongos que provocan destellos de amor
O resplandores de muerte
Y el poeta que cae bajo las balas
Como un sol que la noche acribilla
Que el pan sea pan y mar el mar
Y el agua eterna
Pero la sed eterna
Para poder decir al fin:
He hallado un pan junto al mar
Los buitres sobrevolaban mi amor
He mordido una orquídea
Los buitres disputaban un cuerpo querido
He guiado camiones y dormido en aserraderos
Los buitres devoraban a mi amada
Viajé de noche sobre la arena caliente
Invoqué los nombres secretos
Conjuré un maleficio
Contuve una catástrofe
Conduje a un águila a su nido
He muerto con mis muertos y estoy vivo
LA CONSPIRACIÓN DE LOS IDIOTAS
"Cuando un acontecimiento baladí, pero fuera de programa, imponía una variación a su actividad reiterativa, entonces sobrevenía algo parecido a cuando se corre el dial de la radio: un caos de gruñidos y sibilancias. Daba manotazos ciegos en el mar de la calle hasta que mi brazo, como madero salvador, lo reinstalaba nuevamente en su riel. Miguelito volvía a funcionar. Esto confirmó mi sospecha sobre la analogía entre el robot y el oligofrénico. Y las tremendas conclusiones que esta analogía aportaba sobre el futuro de todos los humanos.
COMO SER LA OTRA MUJER
"Susurra «No te vayas todavía» cuando se deslice de tu
cama antes de salir el sol y tú estés allí, tendida boca arriba, refrescándote,
desnuda entre las sábanas y oliendo a un sudor de almizcle, de cebolla.
Siéntete gris como una toalla abandonada en unos vestuarios. Míralo mientras se
vuelve a poner los pantalones, el suéter, los calcetines y los zapatos.
PASIONES ROMANAS
A veces, el mañana no llega nunca. Mañana quiere decir futuro
inmediato, lo que sucederá cuando nos despertemos, pasada la noche. Significa
pocas horas de espera. Tenemos que tener paciencia hasta que nace un nuevo día.
Al día siguiente, Ignacio no volvió a Mallorca. Le dio a Dana una excusa de
última hora. Le dijo que los médicos le retenían, que estaba pendiente de unos
informes, que no sufriera. Como la pilló por sorpresa, se quedó muda. Vivía una
situación que no se habría imaginado. Era el hombre al que amaba, ¿cómo podía
actuar de aquella forma, indiferente a la angustia de la espera, como si su
dolor no existiese? No hay nada más terrible que lo que no podemos comprender
Un día escribí su nombre en la playa,
pero las olas llegaron y se lo llevaron;
nuevamente lo escribí con una segunda mano,
pero llegó la marea y apresó mi desencanto.
—Hombre vano —dijo ella—, y vano ensayo
es inmortalizar una cosa mortal en esencia,
porque yo incluso disfrutaré esta decadencia,
y también mi nombre será aniquilado.
—No es así —respondí—, deja que las cosas simples
mueran en el polvo, pero vivirás por la fama:
eternas en mis versos serán tus virtudes raras,
y en los cielos escribirás tu glorioso nombre;
cuando la muerte haga del mundo su súbdito,
nuestro amor vivirá, y la vida misma se renovará.
Ni un alma en la estación. Sólo, a lo lejos,
se ve la sombra del que toca el pito,
que, envuelta la cabeza en la capucha,
atraviesa el andén, muerto de frío.
Cruzamos un pasillo solitario
y una sala lo mismo que el pasillo…
A dos pasos está Puerta Ciruela,
y no hay bicho viviente en el circuito
y hay que pasar la noche en pleno campo,
¡y hay que pegarse luego cuatro tiros!
Un sujeto embozado en una capa
llega secretamente y, al oído,
como un revendedor de los de Apolo
me ofrece, no butacas, sino asilo.
Monólogo deMolly Bloom, de James Joyce
El retorno
Vieja alameda triste en que el árbol medita,
en que la nube azul contagia su quebranto
y en que el rosal se inclina al viento que dormita:
te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto.
He vuelto. Soy el mismo. La misma sed me aqueja
y embelesa mi oído idéntica canción,
y soy aquel que ama el minuto que deja
un poco más de llanto dentro del corazón.
He vuelto. A tu silencio otoñal, he buscado
vanamente mis huellas entre todas las huellas,
y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas
que estremecía el viento y que el sol ha dorado.
Y mientras quiero acaso recomenzar la senda
y un mal irremediable consume los destellos
del sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda,
tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos.
HISTORIA DE MARIQUITA
Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta
frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi
madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco
convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y
exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas.
Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en
nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí
dormíamos siete.
LA SOLEDAD NO ES MIA
No soy yo, somos todos los que ardemos
con los corazones en la boca, mordiendo
sus tejidos hasta la sangre.
Somos todos los que bailamos la melancolía
y ascendemos la definitiva tristeza
con la sonrisa pintada en los labios.
No lo neguéis, hay que decirlo, no soy yo sólo.
Sería muy fácil desaparecer. Ya estaría hundido
Dos metros debajo de las pisadas de los hombres.
Todos me acompañarais cuando viajo a la luz
De difíciles días, sumido en la penumbra
De las calles desiertas, o en las alcobas tristes
Donde pone la muerte su ojo cada día.
Si también me acompañarais a cantar el amor,
A lucir nuestra bandera como un traje de fiesta
A limpiar nuestras calles con la nueva llovizna
Lanzada desde abajo en hermosa parábola.
No soy yo, somos todos los que vamos a morir
De espaldas, lentamente y sin lenguas,
Sin ojos ya, con íntimo cansancio.





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